En la punta de la hierba

Un sol de fuego caía furioso sobre el cerro de Ocotlán en uno de esos domingos de agosto que se hacen eternos por la nostalgia y el letargo. En el fondo de la barranca que contornea el camino a la basílica, yacía el cuerpo flaco de Melquiades atrapado en un espeso matorral. El estruendo de los cuetes, que ensuciaban el cielo con efímeras nubecillas de humo, le hizo levantar los párpados ardientes y solo entonces supo que ya era mediodía. La resaca de pulque le acentuó el desconsuelo de existir en aquel mundo tan caliente. Melquiades trató de incorporarse, pero un estrepitoso crujir de huesos lo devolvió al suelo de hierba seca cuando apenas había levantado la cabeza. Dominado por un impulso de vida, alzó nuevamente su cráneo magullado solo para descubrir que aquellos largos carrizos que eran sus piernas estaban destrozados. Melquiades se deshizo la garganta pidiendo que alguien lo ayudara a salir del fondo ese infierno marchito, pero sus gritos se evaporaban en un aire lleno de muerte.


Exhausto, se recostó sobre la mata amarillenta y dejó escapar una gruesa lágrima que le recorrió las cienes hasta mezclarse con esa otra agua que era su sudor. Melquiades no lloraba por los dolores del cuerpo sino del alma. Más tarde quiso retomar la rica empresa de gritar por su vida, pero la fuerza de su voz apenas alcanzó para ahuyentar a un par de urracas que descasaban sobre las ramas desnudas de un ocote. Al contemplar el vuelo de esas aves negras supo que iba a morir. Se sintió triste al pensar en Catalina y en sus gruesos labios y en sus profundos ojos. Lamentó no ver crecer a su hija Rosario.


El calor seguía quemando la carne de Melquiades y de su cuerpo emanaba un olor a comal. La tarde se había precipitado sobre el cerro de Ocotlán pero el sol mantenía su reinado desde el campanario de la basílica. Melquiades escuchó un rumor como de pisadas ligeras que avanzaban con ritmo cansino hacia donde él estaba. Reunió las pocas fuerzas que le quedaban y giró la cabeza. A su derecha, uno de los borregos de Agustín devoraba las astillas deshidratadas de lo que había sido un arbusto. Melquiades interpretó la visita del animal como la señal de que Dios iba a salvarle la vida.


–¡Agustín, ayúdame, Agustín!, ¡Sálvame!, ¡Me estoy muriendo!


Trató de gritar pero su voz desahuciada no sirvió esta vez ni para asustar al borrego que continuó el camino de su insípido banquete.


El sol había iniciado su descenso y Melquiades volvió a llorar al sentir que con la noche llegaría su muerte. Comenzó a rezar como poseído: primero por su vida, después por su familia y al final ofreció su último aliento a cambio de un poco de agua. Sus labios se habían convertido en una especie de lija que de tan dura le impedía cerrar la boca, su saliva se había reducido a un gargajo mugroso que se aferraba a su úvula. Una súbita vergüenza se apoderó de sus pensamientos al descubrirse con el pantalón orinado y los calzones zurrados: hubiera preferido una muerte más noble, cuando menos en el gesto.


Un nuevo rumor de pisadas interrumpió sus pensamientos y lo animó a vivir, aunque fuera un poquito más.


–¿Agustín?, ¿eres tú?, ¿viniste a salvarme?


El silencio de la falta de respuesta le permitió apreciar el ritmo ágil de los pasos que se aproximaban hacia él.


–¡Agustín!, ¡Aquí estoy!, ¡Sácame, llévame a mi casa!

Los pasos se convirtieron en una especie de galope que se abría paso entre la noche buscando aquel lamento. El corazón de Melquiades latía con fuerza, como si toda la vida que le quedaba se hubiera agazapado en ese músculo.


–¡Aquí, Agustín!, ¡Aquí estoy!


El sonido de las pisadas se volvía cada vez más nítido y disminuía su ritmo trepidante a medida que se acercaban a ese cadáver viviente.


–¡Gracias a Dios!, ¡Bendito seas, Agustín!


Las pisadas se detuvieron y Melquiades se sintió abrumado por una cosa húmeda que le recorría el cuerpo, olfateándolo. La pesada pata de un coyote le aplastó el pecho en señal de victoria por la presa conquistada.


–Maldita sea mi estampa–, pensó Melquiades con los ojos ya cerrados.

Por Gustavo Ramírez

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